La inteligencia artificial ha sido la protagonista en la jornada inaugural de las reuniones anuales del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial en Bangkok (Tailandia). En su discurso, la directora gerente del Fondo, Kristalina Georgieva, ha definido esta tecnología como un arma de doble filo: por un lado, ha asegurado que será el principal motor para mantener el crecimiento mundial en torno al 3%, y podrá sumar hasta 0,5 puntos porcentuales anuales en la próxima década si se despliega correctamente; pero por otro provocará un fuerte impacto social al afectar a seis de cada diez empleos en las economías más avanzadas y a cuatro de cada diez a nivel global, especialmente entre los más jóvenes.
Georgieva ha asegurado que la tecnología “está actuando como un contrapeso positivo frente al lastre que supone la inestabilidad en los mercados energéticos globales”. Sin embargo, ha dejado dos de sus frases más virales: “Puedes amar, odiar o temer a la IA, pero ya está aquí y hemos visto la primera ola de impactos” para añadir que esta tecnología es “un tsunami de lento movimiento” que golpeará con fuerza el mercado laboral y las finanzas públicas.
La inversión en IA provoca “niveles extremos de apalancamiento” en las grandes tecnológicas
Esta ola gigante también está impactando de lleno en el tejido empresarial. De hecho, el FMI ha advertido en uno de los informes que han presentado en Bangkok sobre el creciente riesgo financiero que asumen las grandes corporaciones para sostener su carrera por la inteligencia artificial. El organismo señala que, aunque los gigantes tecnológicos han logrado mantener estables las ganancias en los mercados, el modelo actual empieza a mostrar fragilidades estructurales debido a sus extremos niveles de apalancamiento; es decir, a través de grandes sumas de dinero prestado sobre una base muy pequeña de dinero propio.
En concreto, el informe destaca que las cinco mayores empresas de infraestructura tecnológica del mundo —las estadounidenses Alphabet, Amazon, Meta, Microsoft y Oracle— están quemando su efectivo operativo para costear inversiones masivas en centros de datos y semiconductores. Esta presión sobre su liquidez las ha obligado a recurrir de forma masiva al mercado de deuda.
El fenómeno es de tal magnitud que la emisión de bonos vinculada a la IA representa ya casi el 10% de todas las emisiones corporativas globales con grado de inversión en 2026, una cifra espectacular frente al apenas 0,5% registrado en 2024. Su volumen es tan elevado que ha empezado a competir directamente con la demanda de bonos soberanos de los países.
Ante este escenario, el FMI detecta un alto riesgo en las prácticas de “financiación circular”, donde las empresas invierten y se prestan dinero entre sí para inflar sus compromisos de ingresos futuros. La conclusión del organismo es contundente: un pinchazo o una simple desaceleración en la monetización de la IA provocaría correcciones severas de activos a nivel global.
La necesidad de regular la inversión con tokens y criptomonedas
El FMI también advierte en su reunión anual sobre los riesgos de la tokenización para el mundo de las inversiones. Un mercado, el de las criptomonedas, que ya mueve 65.000 millones de dólares y que está controlado principalmente por empresas con origen en Estados Unidos. El organismo alerta de que estas inversiones son un 50% más volátiles que las tradiciones y más difíciles de vender rápido porque el mercado nunca cierra. Además, al funcionar de forma automática con códigos informáticos y sin intermediarios, un hackeo o una quiebra pueden dejar al inversor totalmente desprotegido, ya que no hay leyes internacionales para recuperar el dinero.
Para frenar este riesgo bajo el principio de “neutralidad tecnológica”, es decir, con las mismas reglas que la inversión tradicional, el FMI propone a los gobiernos tres medidas: la implementación de normas internacionales unificadas que aclaren quién es el dueño real del dinero si una plataforma cae, el uso de dinero digital oficial dólares o euros digitales de los bancos centrales, no criptomonedas inestables) y la puesta en marcha de “frenos de emergencia” que congelen las operaciones si los precios se desploman o si se da una situación de pánico generalizado, algo que es relativamente común en un mercado marcado por la volatilidad.
El riesgo de ciberataques en la infraestructura financiera
Otro de los grandes focos de alerta que señala el FMI, y que es derivado de los anteriores, es el riesgo sistémico de los ciberataques. Según el organismo, la profunda digitalización del sector financiero provoca que un ataque a gran escala contra una entidad clave, un sistema de pagos o un proveedor en la nube pueda paralizar servicios críticos de forma casi inmediata.
El panorama que señala el organismo es alarmante: los datos de 2026 revelan que en más del 70% de los casos reportados, los atacantes explotaron fallos de seguridad el mismo día de su descubrimiento, antes de que los ingenieros pudieran detectarla, (la conocida tasa zero-day), una velocidad que duplica los registros de 2021. Para contener esta amenaza, el FMI advierte de que blindar los sistemas informáticos ya no es suficiente; pide reforzar la supervisión de las compañías tecnológicas contratadas por los bancos, diseñar protocolos ante crisis más estrictos y estandarizar la notificación inmediata de incidentes.





